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No imaginé que esos ronroneos fueran de despedida, iba hasta el baúl de las toallas que queda al pie de la ventana y regresaba zalamero a sobar su flanco izquierdo contra mi pierna. Lo miraba de reojo porque esa terneza suya me hacía despistar del poema que ya tenía cogido por los cuernos. Como no le hacía caso, posó sus dos manitos sobre mi muslo y me maulló suavemente. Me miraba intensamente con sus ojos azules. Pensé ―este pendejo ni se imagina que le estoy escribiendo un poema― y seguí tecleando como si nada. Al ver que seguía insistiendo lo alcé y le di mi acostumbrado abrazo de oso.

Mi gato funámbulo:

No es angora porque le falta melena leonina 

Ni siamés por un corazón pintado en la barriga

Ni persa por su largo hocico y sus bigotes ásperos…

 

I
La luna platea
su leve luz por la ventana.

Pasa y mira.

Nena
se extasía,
mira cómo se pierde
en la profundidad del espejo
el vuelo de una mosca.

Deambulo,
entre esteros y bocanas
busco el brillo de la ola
que me haga existir,
me abrazo en sus manglares
y me sumerjo
en el cristal opaco
del océano Pacífico.

En un palafito de Salahonda

<Litoral Recóndito de Sofonías Yacup>

alumbrados con estopas de coco,

un grupo de patianos

esperan el jolgorio de luna llena.

Las fibras están tensas,

el ritmo asciende

lento

lentísimo

desde el corazón

a todos los negros dispuestos

en el maderamen quejumbroso de la azotea

sobre el estero de los Congolino.

 

Ya me cansé de ser espectador de la vida,

siempre juzgando la turbulencia del agua por el reflejo de las ondas.

Quisiera zambullirme, ahogarme si es preciso;

pero abandonar al fin, la seguridad fatal de la barrera

y dejar que mi sangre bañe la arena antes de congelarse en mis venas.

¿Qué peor muerte puede haber que esta ausencia de vida en vida?

Si mi corazón se volvió de piedra,

¿será que las piedras pueden sangrar?

Nunca supimos cuál era nuestro lugar, si estábamos comenzando a vivir o ya debíamos despedirnos.

Llegamos a una casa donde no había adultos, pero sí viejos, y así comprendimos que se pueden acumular años, sin llegar a madurar nunca.

Así recibimos una carga descomunal por las responsabilidades que otros no quisieron asumir.

La adultez se nos vino encima como una máscara. Mientras los demás jugaban a ser niños, nosotras tuvimos que jugar a ser grandes y enfrentar grandes catástrofes, con la mirada estoica y los labios sellados, aunque por dentro nos sintiéramos perdidas y vulnerables.

¿Te preguntas cuándo llegará el amor?

Cuando dejes de buscar el amor ideal y sepas reconocer el amor posible.

Cuando dejes de buscar al hombre o a la mujer perfecta y veas a un ser humano con virtudes y defectos.

Cuando te reconozcas a ti mismo en vez de vivir huyendo de lo que eres.

Cuando dejes de buscar atención y empieces a ocuparte de ti.

Cuando dejes de jugar a la víctima y entiendas que si no te toman en serio, es porque tú no te tomas en serio.

 

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