Onis Pecaminosa

15 noviembre, 2021 Sibila1780 0 Comments

Autora: Luz Katherine. 

Desde que era niño siempre le fascinaron los castillos de naipes. Admiraba su arquitectura sutil. Grandes artefactos en los que cada pieza debe guardar perfecto equilibrio con las demás, para que la estructura no colapse. Sin embargo, basta un leve movimiento de una de las cartas para que todo se derrumbe. Finalmente, lo sabía. Y la frustración desató una compulsión mayor, la manía de resolver anagramas, para tener la certeza de que son múltiples las opciones y el caos es el preámbulo de un nuevo orden. Este ejercicio le producía cierta euforia, aunque también en ocasiones lo exasperaba. Por eso, siempre que iba caminando de regreso a su casa aprovechaba para practicar, menguando el paso a medida que se aproximaba.  

Dejaba vagar la mirada ociosamente en la vastedad del asfalto —“Enrique”, “quieren”— admirado de cómo desaparecían en la maravillosa uniformidad de la noche un conglomerado de objetos, lugares y personas tan dispares —“camisón”, “mocasín”— una multitud yaciente bajo un océano luctuoso, esperando ser despertada por el brillo del amanecer.  Él también quería mimetizarse en la oscuridad —“Brasil”, “silbar”— ahogar su ruido interior con ese ruido de afuera; perderse en la lluvia, el trueno, la niebla helada, la risa fortuita de la gente, los aromas que se mezclaban en el aire trayendo hasta su nariz la rutina de miles de hogares que a esa hora se reunían para la cena.

Hoy en cambio, lo único que buscaba era escapar de la lluvia, pero la gente se cruzaba obcecadamente en su camino; una maraña de impermeables y sombrillas tropezando, huellas de fango que se mezclaban usurpando los pasos ciegos de unos y otros.

Después de la discusión que tuvo en la mañana estaba de muy mal humor, incluso sintió el impulso de empujar a las personas y abrirse espacio a manotazos. Iba rumiando su mala suerte. En el colegio habían nombrado una nueva coordinadora académica y ahora él tenía que rendirle cuentas a una mujer, que bien podía ser su alumna, y tampoco contaba ni con la mitad de su experiencia y conocimientos. ¿Quién lo hubiera imaginado? El profesor con mayor trayectoria en la institución, obligado a bajar la cabeza, para acatar las órdenes de una mocosa aparecida.

¿Quién demonios se creía para hablarle así? La tal Mónica Espinosa podía tener todos los títulos universitarios, pero la experiencia no se improvisa, debería respetar las jerarquías y asumir sus funciones con una mejor actitud, prestando oídos a sus consejos, como sabiamente hacía la anterior. Y para colmo de males, su esposa lo había abandonado, un día cualquiera recogió sus cosas y salió de su vida; apenas se dignó a dejarle una nota de despedida y eso para prohibirle que la buscara, dando así por terminado un matrimonio que hasta ese momento, él consideraba perfecto. Su vida entera había sufrido un revolcón y ahora todo estaba de cabeza.

La tortura psicológica a la que había estado sometido durante los últimos meses, empezaba a hacer estragos con su mente, y no solo su insomnio estaba empeorando, había algo aún más preocupante: su comportamiento se hacía cada vez más errático.

Caminaba por la calle guiado por la inercia, varias veces estuvo a punto de ser arrollado, hasta que de pronto se detenía maquinalmente en el mismo lugar, frente a la enorme vitrina de una confitería que a esa hora siempre encontraba cerrada. Allí despertaba de su letargo para dar paso al desconcierto. Se quedaba observando sin entender qué era lo que hacía, pasaba largos minutos tratando de definir esa sensación tan sobrecogedora, con la vaguedad de quien busca reconstruir un sueño, a partir de los fragmentos aislados que recuerda durante el día. ¿Qué podía tener de extraordinario un sitio tan corriente? Además, no era la segunda, ni la tercera vez que le sucedía, hacía más de un mes que aparecía en el mismo lugar, a la misma hora como si estuviera cumpliendo una cita.

En la noche, ya en la cálida intimidad de las sábanas era víctima de otra desazón, ni siquiera secretamente se atrevía a confesarse que no quería dormir, por miedo a tener algún sueño bochornoso; se decía a sí mismo que era mejor aprovechar el tiempo para leer, y se preparaba para una madrugada insomne bebiendo gigantescas tazas de café, acompañadas de varias cajas de cigarrillos. Sin embargo, y a pesar de su descomunal esfuerzo, caía en un sueño abismal y como si estuviera siendo programado mediante hipnosis, su mente reproducía la misma escena con exactitud fotográfica. 

—Señor, ¿qué le puedo servir? —se acercó el mesero, sonriente.

—Eh, deme por favor un tiramisú, nooo, mejor un soufflé de queso, no, no, espere, mejor un mousse de frambuesa. 

Se quedó embelesado contemplando una infinidad de dulces, pasteles, postres, helados y chocolates. El mesero comenzó a impacientarse. En el preciso momento en que se sintió más invadido por la incertidumbre, vio cifrada su atención en un voluptuoso chocolate relleno, del cual no se había percatado antes y que parecía emerger majestuosamente de la bandeja en que se encontraba servido, opacando a los otros dulces que lo acompañaban.

—¡Quiero ese!, ¡sí!, ¡ese chocolate de allá! ¿Cuánto cuesta? —dijo en un súbito arranque.

Buscó ansioso en su bolsillo, y ¡oh, feliz coincidencia!, era la cantidad exacta de dinero que llevaba, pero cuando se dispuso a pagar, el tendero le informó que tenía una deuda pendiente y no podían extenderle el crédito por más tiempo. Así que empezó a hurgar en sus bolsillos hasta vaciar su contenido. Luego, impotente, entregó el dinero mientras observaba cómo desaparecía ese delicioso chocolate, esfumándose entre sus manos sin remedio. Y en ese punto despertó… famélico, con el sabor de una tentación palpitando en su boca.

Se levantó bastante atontado y tomó una ducha sintiendo las punzadas de un dolor de cabeza insoportable. Esta vez fue diferente, por fin, había logrado recordar un dato concreto, el nombre de la confitería: “Onis Pecaminosa”. ¡Qué nombre más extraño!, ¿qué diablos quería decir? Esto sí iba a ser un problema porque en los sueños todo es simbólico y lo que vemos parece tener el significado contrario, si sueñas negro quiere decir blanco, si te sueñas casándote significa que te vas a morir, bueno, en algunos casos sí tiene un significado similar. ¿Y si era un nombre cifrado?, ¿un anagrama? Había consultado en Internet anagramas compuestos y resultaban unas combinaciones muy curiosas; por ejemplo: “Narrar no pica: Nicanor Parra”, “García Lorca: Gracia loca”, y otros más ingeniosos como: “Abriga mil letras: Gabriela Mistral”, “Mago adinerado: Diego Maradona”, y otros morbosos como: “Moria Casán: Carnosa mía”.

Sus pensamientos se escurrían con el agua y el jabón y cuando se fijó en el reloj, ya se le había hecho tardísimo. Salió corriendo para el trabajo, malhumorado, intentando armar por el camino algunas palabras que podían formarse a partir de esas letras.

El cansancio le estaba jugando una broma pesada. Y no era para menos. Tanto sacrificio en vano. Extenuantes jornadas de trabajo, el esfuerzo sobrehumano que diariamente tenía que hacer para imponer un poco de disciplina en el salón, soportar el bullicio flagelante de los niños más pequeños y la altanería de los mayores. ¿Y todo para qué?, ¿para ser degradado?, ¿a su edad? 

Ya era ampliamente conocida su aversión por la coordinadora, los estudiantes rumoraban que eran enemigos a muerte y que cada uno buscaba sacar al otro del camino a cualquier costo, y claro, como buenos estafadores aprendieron a sacar provecho de la situación. Cuando un estudiante tenía problemas de indisciplina o se rajaba en un examen, iba a ponerle la queja a Mónica y ella, pasando por alto su ética, lo obligaba a corregir la nota; todo, con tal de hacer rabiar al orgulloso profesor. Y como en pelea larga hay desquite, él no se quedaba atrás y en las juntas académicas refutaba con miles de argumentos todas las iniciativas que ella proponía. La guerra estaba declarada.

De verdad odiaba a esa mujer, todo en ella le parecía insultante: sus ademanes de gran dama, la estela a pachulí que dejaba por donde pasaba, el bagaje cultural que ostentaba en sus discursos, la ferocidad con que defendía sus ideas, su lápiz labial rojo cereza que realzaba sus labios carnosos. Y para colmo de males, sus piernas torneadas, que lucía con total descaro en faldas demasiado cortas, eran un atentado contra la moral y el buen nombre, y también estaba sancionado en el manual de convivencia. ¿A qué funcionario serio se le ocurriría contonearse por los pasillos de una institución respetable, haciendo gala de sus atributos? Desde el primer día, dejó muy claro que le gustaba llamar la atención. Además, esa vocecita de terciopelo con que hablaba a veces. ¡Pura melosería!

La misma voz que utilizaba su mujer cuando iba a pedirle algo, “amor, vi unos zapatos divinos que combinan perfecto con la cartera de piel de víbora”, “amor, no solo en el día de los enamorados es romántico regalar rosas y chocolates”. A las mujeres no se les podía creer, todas eran iguales: unas manipuladoras. Las odiaba a todas, especialmente, las que se creían con derecho a usurpar el lugar de los hombres, mostrándose impetuosas y desafiantes. Los tiempos de antes eran mejores porque cada quien sabía muy bien cuál era su lugar. ¡Mocosa atrevida!

Cuando llegó al colegio sus compañeros lo recibieron con una tremenda noticia: “ya puedes estar tranquilo, las cosas volvieron a la normalidad”. De golpe, no supo qué pensar, ¿por qué lo estaban felicitando con palmaditas en la espalda? “Pues, tu pesadilla ayer presentó la renuncia y a Dios gracias, ya no la veremos más por aquí”. La revelación impactó en su cerebro como un relámpago, semejante a cuando era niño y les ganaba a sus primos jugando scrabble, pero esta vez la sensación no fue de victoria: “…pecaminosa”.

 

 

 

 

 

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